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Río de San Francisco

El Río de San Francisco entraba a la ciudad por el norte, por los barrios de San Antonio y San José, y la recorría a lo largo de cuatro kilómetros hasta terminar en el sur, en el Barrio de San Baltazar.

En su recorrido mostró variabilidades en su fuerza y composición, debido a la diferencia de altura, de su caja de contención, del tipo de suelos que recorría y de los usos del agua que para la producción y descargas residuales se hicieron a lo largo de su camino.

El Río de San Francisco en su entrada por el norte se encontraba con un marcado declive, el cual se aprovechó desviando una sección de su caudal al interior de la ciudad, adaptándolo de tal manera que funcionó como una gran “acequia maestra” que la recorría de manera paralela al afluente.

En principio su objetivo era conducir de manera exclusiva agua limpia para el lavado del trigo y el movimiento de las piedras de los primeros molinos que se establecieron en la ciudad, que fueron los de San Francisco y San Antonio en el norte, y El Carmen y Huexotitla, en el sur.

Ésto implicó un proceso de alteración geohídrica que inició hacia 1537 y continuó conformándose a partir de encañamientos o entubamientos subterráneos y abiertos, zanjamientos y represamientos. Se generó así un primer sistema artificial de contención y distribución de agua.

De su capacidad energética variable dependió la activación de una serie de unidades productivas y el abasto indirecto de las casas-habitación del entorno.

El río-acequia proporcionaba cantidades de líquido adecuadas para la producción local, pero a lo largo del siglo XVII, el crecimiento de la ciudad y su población, y la gran demanda agroproductiva que Puebla satisfacía, hicieron que se optara por soluciones encaminadas a la diversificación de sus usos.

El uso de la energía hidráulica fue fundamental para el inicial desarrollo de la ciudad.

  • En la imagen, el Río de San Francisco; al fondo, el molino de San Antonio -.

Del libro de Agua, Piel y Cuerpo en la Historia Cotidiana de una Ciudad Mexicana por Rosalva Loreto López. BUAP – Imagen del mismo libro, autor no identificado.