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Leyendas del Tentzo

­ ¿El Tentzo da, pero también cobra?
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Hay una leyenda de una cueva que atraviesa toda la cordillera, y se decía que el que tuviera mucho valor; podía entrar en las entrañas del Tentzo, en la cueva; con la palma hacían antorchas para caminar dentro. Tenían que superar obstáculos, fieras, víboras, perros, animales que son el mismo cerro; si lo lograban, quería decir que fueron suficientemente valientes como para pasar estas pruebas y llegar frente al ” mero patrón”. Llegaban a pedirte dones, como el de la música. Se puede pedir dinero, o tener muchos animales, que son formas de riqueza.
Al Tentzo iban también los que se conocen como nahualitos de agua; el diminutivo en su nombre indica que son personas buenas, de respeto, y la referencia al agua indica que son como los tiemperos, que piden agua para que no falte en el temporal para la milpa. Estos nahualitos iban al cerro a pedir que no faltara; porque el agua está en el cerro, es el cerro.
En el caso de dones como música, dinero, animales, seguramente viene desde los más antiguos tiempos de la religión mesoamericana, esta costumbre de pedir ciertos dones ante la deidad que puede otorgarlos; creo que cuando llegó la Colonia se metió esta idea de que el cerro era un dios, pero también un diablo que exige que se suscriba un pacto con él. Creo que esto es más reciente, el lado negativo que trae la tradición europea que cuentan leyendas como la de Fausto, en que se supone que para pedir algo hay que dar algo a cambio, casi siempre el alma. Parece que así se inculcó con la Conquista religiosa: que ese intercambio con la deidad del cerro trae consigo un pacto diabólico con el Tenzo, en el que se compromete el alma, no sólo la propia, sino la de algún pariente, la es posa, un hijo. Y cuando la persona muere, las riquezas desaparecen y queda comprometido a ir a servir al Tentzo en el cerro. Éste es el lado negativo que fue introducido en la concepción original, la ambigüedad que hoy encontramos en su figura.

‘ Fagetti, A. 1998. Tentzonhuehue. El simbolismo del cuerpo y la naturaleza. BUAP/ Plaza y Valdés.
Imagen tomada del Códice Cuauhtinchan I